La iglesia no responde a inversionistas
Por qué la ofrenda no compra autoridad ni control, y tampoco reemplaza el servicio cristiano.
Hay frases que no aparecen en la Biblia pero sí en la mente de algunos creyentes. Por ejemplo: “retorno de inversión espiritual”. No suele decirse en voz alta, pero a veces se vive así. Se da, pero con calculadora en mano. Se ofrenda, pero con expectativa de control. Se contribuye, pero con cláusulas de letra chiquita.
La idea, en el fondo, es esta: si yo sostengo, yo decido.
No es solo un problema administrativo, es un error teológico con consecuencias pastorales serias.
Algunos creyentes llegan a ver su ofrenda como capital invertido. De allí nacen actitudes reconocibles: tratar al pastor como empleado personal, exigir peso especial en las decisiones, condicionar el apoyo económico a preferencias propias, medir la vida de la iglesia por la satisfacción individual, presionar para que la alabanza, las misiones o el uso de las instalaciones se ajusten a su gusto. Como si el reino de Dios operara por paquete accionario.
El problema de raíz es olvidar de quién es todo.
La Escritura lo dice con claridad:
“Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1 Cr 29:14).
La ofrenda no es capital invertido. Es una devolución humilde. No es compra de influencia. Es un acto de adoración.
En el Nuevo Testamento, dar nunca se presenta como estrategia de posicionamiento, sino como expresión del corazón:
“Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Co 9:7).
No dice: dador estratégico, ¿o sí? Y tampoco dice: dador con derechos ampliados. Dice: dador alegre.
El dinero no compra autoridad espiritual. La relación con los pastores es espiritual, no contractual:
“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas…” (He 13:17).
El texto no añade: “excepto los grandes donadores”.
El caso más directo en la Biblia sobre intentar obtener poder espiritual mediante el dinero es el de Simón el mago. Él vio el poder de Dios y pensó que lo podía adquirir:
“Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hch 8:20).
Intentar convertir lo espiritual en transacción no es un detalle menor, es una distorsión grave.
La iglesia, además, no es una empresa de accionistas, es un cuerpo:
“…ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito…” (1 Co 12:21).
No hay miembros “premium”. El aporte económico no eleva el rango espiritual ni concede control operativo. En el cuerpo, la dignidad viene de la unión con Cristo, no del tamaño del sobre.
Y es necesario añadir algo que a veces se olvida: ofrendar —sin importar el monto— no sustituye servir. Dar recursos no exime a nadie de participar activamente en el servicio a Dios dentro de la vida de la iglesia. El Nuevo Testamento presenta a cada creyente como parte funcional del cuerpo, llamado a servir según los dones y según las necesidades:
“Pero ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1 Co 12:18).
Contribuir económicamente y, al mismo tiempo, rehusar involucrarse en el servicio práctico invierte el orden bíblico. La mayordomía incluye recursos, tiempo, dones y disposición. No es dar en lugar de servir, es dar y servir.
Jesús también advirtió sobre el peligro de dar buscando posición:
“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos…” (Mt 6:1).
Dar para ganar influencia cambia la adoración por autopromoción. Y cuando la motivación cambia, la recompensa también.
Conviene decirlo claramente: sostener a los pastores es bíblico y correcto.
“…dignos de doble honor…” (1 Ti 5:17–18).
Pero sostener no equivale a contratar. El pastor no es proveedor de servicios religiosos. Es siervo de Cristo para el bien de la iglesia. No responde a inversionistas, responde al Señor.
La mentalidad de inversión espiritual transforma peligrosamente el vocabulario del corazón:
adoración → transacción
ofrenda → inversión
iglesia → proveedor
pastor → empleado
membresía → accionistas
Eso se parece demasiado a otra escena bíblica conocida:
“No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Jn 2:16).
El principio es claro: convertir lo sagrado en un sistema de compra y control contradice el diseño de Dios.
El marco correcto es otro: Dios es dueño, nosotros somos mayordomos. Damos con gratitud y servimos con humildad. Participamos con responsabilidad y opinamos con respeto. Contribuimos sin intentar comprar control ni influencia.
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas” (Ro 11:36).
Si al dar nace la idea de exigir dominio, algo ya se torció en el corazón. Vale la pena revisar no solo cuánto damos, sino cómo pensamos acerca de lo que damos. Porque cuando la ofrenda se convierte en inversión, la adoración ya empezó a convertirse en negocio... y ese nunca ha sido el diseño de Dios.



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