Contra viento y marea... y serpientes
A lo largo del camino que llevó al apóstol Pablo hasta Roma, según lo narra el libro de los Hechos, se desencadenó una serie de eventos cargados de tensión y dramatismo. Mientras era trasladado bajo custodia junto con otros prisioneros, Pablo advirtió a la tripulación que no era prudente zarpar en plena temporada de tormentas, sin embargo, sus palabras fueron ignoradas y, neciamente, decidieron continuar el viaje. No tardó en levantarse un viento huracanado que azotó con fuerza el barco, dejándolo completamente expuesto a la violencia del mar.
Muchos perdieron la esperanza de sobrevivir, pero Pablo, con la firmeza que da la fe, aseguró que Dios les preservaría la vida porque aún tenía que cumplir una misión que le había sido encomendada. Un ángel le dio el mensaje: "no tengas miedo, vas a presentarte ante César". Y aunque el barco terminó encallado y con el casco roto, todos los que iban a bordo llegaron con vida a la costa de la isla de Malta, como testimonio claro de que el plan de Dios seguía su curso.
Ya en la isla, los habitantes locales recibieron a los náufragos con amabilidad y encendieron una fogata para darles abrigo. Mientras Pablo alimentaba el fuego con unas ramas, una serpiente venenosa se le prendió de la mano. Los presentes, al ver la escena, esperaban un desenlace trágico. Pero él, con total calma, sacudió la serpiente en las llamas y no sufrió daño alguno. Aquello dejó a todos asombrados, convencidos de que una fuerza sobrenatural lo protegía; Pablo ya les había expresado de quién provenía su protección pues previamente les había dicho: "yo confío en Dios".
Este episodio de la vida del apóstol Pablo, nos hace pensar en las dificultades que enfrentamos cuando obedecemos el llamado de Dios para cumplir con Su misión. La tormenta, el naufragio, la serpiente… nos recuerdan las circunstancias, los obstáculos y las personas que buscan frenar los planes divinos en nuestras vidas, ya sea por descuido, imprudencia, ignorancia, motivos personales, envidia, celos o, incluso, malas intenciones.
Y sin embargo, este relato nos recuerda que el propósito de Dios permanece firme, sin importar cuán fuerte sople el viento o cuán letal sea el veneno. Por eso, confiemos plenamente en Su presencia y en Su poder. Nada ni nadie puede detener Sus planes para la vida de aquellos a los que ha llamado y le siguen con fidelidad.
Hay dos cosas que me quedan claras y que suelo decir: Él cumple sus propósitos porque quiere, porque puede y porque nadie lo detiene; y Él al que llama, habilita, al que habilita, envía y al que envía, respalda. Así que, si hemos sido llamados y enviados por el Señor, no nos amedrentemos, no dudemos y no dejemos que los obstáculos y los opositores nos hagan renunciar; mantengámonos firmes, sabiendo que Él nos sostiene, nos guarda y nos equipa incluso en medio de las adversidades.
Sigamos adelante con la misión que hemos recibido. No estamos ni vamos solos. Digamos junto con el apóstol Pablo: "Hermanos, no considero haber llegado ya a la meta, pero esto sí es lo que hago: me olvido del pasado y me esfuerzo por alcanzar lo que está adelante. Sigo hacia la meta para ganar el premio que Dios me ofreció cuando me llamó por medio de Jesucristo" (Filipenses 3:13-14 PDT).
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