Cuando el ataque se vuelve costumbre

Una lectura incómoda de 2 Reyes 2 sobre el rechazo al mensajero.



Una escena como la de 2 Reyes 2:23-24 resulta incómoda para muchos y difícilmente la incluirían en sus tiempos devocionales. Aquí vemos al profeta Eliseo caminando cuando un grupo de jóvenes "sabios" y "graciosos" decide convertirlo en espectáculo público... y la historia termina con consecuencias que nadie pondría como ejemplo de un “humor sano”.

El texto dice:

“Después subió de allí a Bet-el; y subiendo por el camino, salieron unos muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo: ¡Calvo, sube! ¡calvo, sube! Y mirando él atrás, los vio, y los maldijo en el nombre de Jehová. Y salieron dos osos del monte, y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos” (2 Re 2:23–24).

No es un relato acerca de la sensibilidad estética ni sobre bromas juveniles mal calculadas. Es un relato sobre la burla, el menosprecio y el ataque contra el siervo de Dios. Eliseo no era un transeúnte cualquiera: era el profeta del Señor recién confirmado públicamente. La burla no era solo contra el hombre, era contra el representante del mensaje de Dios. Y cuando la burla es sostenida y colectiva, deja de ser "chiste" y se convierte en agresión sistemática.

Bet-el, además, era un centro de idolatría activa. Era un lugar donde el nombre de Dios se usaba, pero la revelación de Dios era sustituida por la tradición humana. El desprecio al mensajero encajaba con el desprecio al mensaje. Cuando el corazón se acostumbra a ignorar a Dios, burlarse de Sus siervos y desacreditar Su obra parece algo casi coherente.

Hoy no escuchamos gritos de “¡calvo, sube!”, pero sí vemos versiones modernas bastante creativas. Primero viene la burla: el comentario sarcástico, el apodo, la ridiculización; a sus espaldas, en redes y hasta de frente. Luego aparece el menosprecio: se minimiza el carácter, la preparación y la fidelidad del ministro u obrero. Después llega el ataque: cuestionamientos sistemáticos, sospechas sembradas, interpretaciones torcidas de sus motivos.

— “Ese pastor es muy estricto”. 

— “Ese misionero no entiende los tiempos”. 

— “El ministro no coopera con los que sí importamos”. 

— “No es tan flexible como queremos que sea”. 

— “No conecta conmigo ni con mi grupo”.

La traducción práctica podría ser esta: no cede ante el dinero o la presión de grupo, no adapta la doctrina al gusto del oyente ni a la opinión de los pragmáticos, no modifica la Biblia para conservar simpatías y ganar adeptos.

Las razones del ataque varían. A veces es por un desacuerdo real o por desconocimiento, otras por un choque de personalidad. En ocasiones puede ser por simple antipatía. Y no pocas veces intervienen los chismes, las murmuraciones bien presentadas y hasta la envidia espiritual, que suele disfrazarse de “preocupación doctrinal”.

Evaluar a un ministro es correcto. Examinar la enseñanza es un deber bíblico. Pero burlarse, menospreciar y atacar de manera habitual a quienes sirven fielmente sí revela un problema más profundo. Cuando la burla, el menosprecio y el ataque se convierten en patrón, ya no estamos ante el discernimiento, estamos ante la resistencia —incluso la dureza— del corazón.

Resulta curioso: algunos creyentes toleran, sin protestar, que un conferencista motivacional los confronte o que un influencer les ordene la vida… pero se indignan si un pastor fiel les abre la Escritura y no negocia su contenido ni permite que se intente manipular la voluntad de Dios expresada ni su llamado.

Jesús dejó un principio que sigue vigente:

“El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha.” (Lc 10:16).

Esto no convierte a los siervos de Dios en seres intocables ni encubre los abusos. La Biblia confronta a los falsos ministros, pero también deja en claro que burlarse, menospreciar y atacar a quienes sirven con fidelidad no es un asunto liviano.

Así que cuando alguien desprecia al mensajero fiel por causa del mensaje bíblico, no está discutiendo solo con un hombre, está reaccionando contra la Palabra que ese hombre proclama.

Dios no es deudor de nadie. No pasa por alto el desprecio hacia la obra que Él mismo sostiene por medio de Sus siervos. Conviene examinar el corazón antes de convertir la crítica en costumbre, porque si el ataque se ha vuelto un hábito, ya no es una opinión aislada, sino una postura, y una ante la cual Dios no es indiferente.

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Imagen original de fondo: Museum Wales