Lo que Dios escucha cuando tú "solo opinas"
Lo que el corazón revela cuando la boca dice "solo estoy opinando"
Hay creyentes que dicen cosas como: "Yo solo estoy dando mi opinión". Y lo dicen con la tranquilidad de quien cree haber encontrado una cláusula bíblica de inmunidad verbal. Como si ponerle la etiqueta de "opinión" a algo lo volviera automáticamente prudente y santo. Pero Dios no evalúa las palabras por la etiqueta que les ponemos. Las evalúa por lo que son y por el corazón desde donde salen.
No todo lo que se opina edifica. No todo lo que se comenta ayuda. No todo lo que se comparte con "personas de confianza" es inocente. Y no todo lo que llega a oídos ajenos tenía que salir de nuestra boca.
El problema no siempre comienza con maldad descarada. A veces comienza con cobardía relacional, con inmadurez emocional o con una costumbre muy aceptada entre cristianos: hablar con los cercanos antes de hablar con los indicados. Ventilar el asunto con amigos antes de tratarlo con la persona involucrada. Y para cuando finalmente alguien decide hablar "como cristiano", el tema ya pasó por varias bocas, varios tonos y varias interpretaciones.
Lo que pudo haberse resuelto en una conversación clara termina convertido en un problema comunitario. Y luego nos sorprendemos de que haya heridas, divisiones, sospechas y ambientes tensos. Como si el fuego hubiera aparecido solo y no porque alguien decidió rociar gasolina y jugar con cerillos en una habitación cerrada.
La Escritura no trata el chisme y la murmuración como "fallas" menores de convivencia. Los trata con toda seriedad, como los pecados que son. Proverbios 16:28 dice: "El hombre perverso levanta contienda, Y el chismoso aparta a los mejores amigos". Y Romanos 1:29–30 incluye a los murmuradores y detractores dentro de una lista nada ligera de pecados que expresan corrupción humana. Dios no ve la murmuración como simple "desahogo"; la ve como una forma pecaminosa de relacionarse.
Hay algo engañoso en justificar estas prácticas diciendo: "Tengo derecho a expresar lo que pienso". Sí, puedes pensar muchas cosas. Sí, puedes sentir inconformidad, molestia o preocupación. Pero la Biblia no enseña que todo pensamiento deba circular libremente por la comunidad sin filtro moral. La pregunta no es solo si tienes algo que decir. La pregunta es si debes decirlo así, a esas personas, en ese momento y sin haber hablado antes con quien corresponde. Jesús mismo estableció un principio claro en Mateo 18:15: "Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos…". El camino bíblico comienza con la persona indicada.
Hay cristianos inmaduros, e incluso cristianos con raíces de amargura en el corazón, que no dudan en dañar con sus palabras la reputación, la familia o el ministerio de algún hermano. Las razones varían: un desacuerdo, una antipatía, o el simple hecho de que esa persona no les tolera sus malos tratos ni su silencio cómplice. Y cuando el hermano en cuestión ocupa algún lugar de enseñanza o liderazgo, a veces la raíz es más sencilla y más difícil de confesar: no soportan que señale lo que no quieren ver. Entonces convierten su desagrado en discurso y su resentimiento en versión de los hechos. Y todo eso suele presentarse con una justificación bastante conveniente: "solo estoy diciendo lo que pienso".
Santiago 1:19 sigue estando en la Biblia, aunque a veces parezca archivado en la sección de versículos decorativos: "Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse". Y Efesios 4:29 aún sigue vigente: "Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación". Eso significa que no basta con que algo sea cierto, o que tú creas que es cierto. También debe pasar por el filtro del amor y de la responsabilidad cristiana.
Muchas veces el chisme y la murmuración no nacen solo de comunicación deficiente, sino de un corazón dañado por el pecado. A veces hay orgullo. A veces resentimiento acumulado. Y otras veces, algo más difícil de confesar: el simple placer de contar lo que no deberíamos estar contando.
Por eso corregir este problema no consiste únicamente en mejorar técnicas de comunicación, aunque eso también hace falta. Consiste, sobre todo, en corregir la intención del corazón. Un corazón gobernado por el amor no disfruta sembrar tensión ni necesita audiencia para hacer lo que sabe que debe. No busca aliados antes que reconciliación. No convierte cada incomodidad en tema de conversación.
Hablar como cristianos implica más que hablar "bonito": implica saber cuándo callar, cuándo preguntar y cuándo confrontar. Y, sobre todo, con quién hablar primero. No todo asunto debe pasar por el círculo de amigos. Todas las cosas deben pasar primero por la puerta correcta.
Querer honrar a Cristo en la iglesia exige revisar el corazón que dicta las palabras, no solo las palabras mismas. El chisme y la murmuración son pecados: formas desordenadas y pecaminosas de tratar al prójimo.
La inmunidad verbal no existe. Lo que sí existe es la responsabilidad de responder por cada una de esas palabras: ante el hermano al que se dañó, y ante Dios que las escuchó todas.



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