En México todos somos entrenadores... también los domingos

Por qué el hábito de opinar sobre todo revela más del corazón que del partido.


En México existe un deporte que se practica más que el fútbol: opinar sobre el fútbol.

Cada domingo por la tarde, millones de hogares se convierten en improvisados centros técnicos. Ahí, con refresco y botana sobre la mesa, y sin haber pateado un balón en veinte años, cualquiera sabe exactamente qué alineación debió elegir el director técnico, qué cambio hacer al minuto 63 y por qué el presidente del club, el defensa central y la mascota del equipo merecen ser despedidos antes del medio tiempo.

Lo curioso no es que opinemos, sino la certeza con la que opinamos.

El mismo señor que no puede correr cien metros sin pedir un tanque de oxígeno está convencido —absolutamente convencido— de que él sí sabría cómo ganar el partido. La señora que nunca ha tocado un balón opina sobre la defensa con el tono de quien dirigió una final del mundo. El niño de nueve años grita "¡fuera el técnico!" porque lo escuchó en casa. Y así, de sillón en sillón, se forma un país entero de entrenadores ofendidos que nunca firmaron contrato.

Todo esto podría ser un espectáculo cultural casi inofensivo. Casi.

Porque ese mismo mexicano, cuando llega el domingo por la mañana, a veces entra también a la iglesia. Y algo curioso sucede: el entrenador del sillón no siempre se queda en casa.

Para bajar los humos

El apóstol Pablo, que conocía muy bien el corazón humano —empezando por el suyo—, lo dijo de manera directa:

"Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno." (Romanos 12:3, RV60)

La frase decisiva es "la medida de fe que Dios repartió a cada uno". Dios no reparte lo mismo a todos. No entrega los mismos dones, no permite la misma experiencia, no da la misma visión ni la misma madurez. Y el apóstol pide algo que suena sencillo pero resulta difícil: pensar de uno mismo con cordura.

Cordura quiere decir conciencia realista de lo que uno sabe y de lo que uno no sabe.

El problema del entrenador del sillón no es que opine. El problema es que opina como si lo supiera todo sin haber estudiado nada.

La iglesia también tiene sus comentaristas

Cualquiera que haya pasado un tiempo en una iglesia local reconoce el fenómeno. El miembro que falta tres domingos de cada cuatro opina que el pastor "ya no predica con la misma convicción". El hermano que nunca ha dirigido ni una clase de escuela dominical sabe perfectamente cómo debió organizarse el retiro. La hermana que jamás visitó a una familia en crisis tiene una lista completa de las cosas que el pastor hizo mal en un funeral.

Y entonces se repite el guion del sillón, pero con vocabulario espiritual: que el pastor debería hacer esto o aquello, que los diáconos no entienden, que la directiva no tiene visión, que el líder de jóvenes está mal enfocado. Traducción práctica: yo lo haría mejor, aunque nunca lo haya hecho, o aunque yo nunca lo haría porque eso no va conmigo.

El técnico de sillón, al menos cuando habla de fútbol, es más honesto: nadie pretende haber ganado un mundial. En la iglesia, en cambio, se opina con tono de apóstol jubilado.

El patrón del corazón

Lo que está detrás no siempre es mala intención. A veces es ignorancia. En ocasiones es frustración. Y otras veces es un deseo genuino —pero muy mal encaminado— de que las cosas salgan mejor.

Sin embargo, cuando la crítica ya se ha vuelto un hábito, conviene mirar dentro del corazón. Y es que lo que el apóstol Pablo describe en este versículo de su carta a los Romanos no hace referencia a la carencia de información, sino a la abundancia de ego. Es ese mecanismo secreto que nos hace pensar que sabemos más de lo que sabemos, que podríamos hacerlo mejor que los que están al frente porque ellos "simplemente no entienden".

La Escritura lo llama de otra manera: "más alto concepto de sí que el que debe tener".

El corazón que critica por costumbre no siempre lo hace por estar indignado por algo que es verdad. Muchas veces lo hace porque está enamorado de sí mismo.

El costo de la crítica fácil

La crítica constante tiene un costo alto. Desgasta al pastor, a su familia, a los obreros que sirven y a los líderes que sostienen ministerios a pulso. Siembra desconfianza en los miembros nuevos y desmotiva a quienes apenas empiezan a servir. Poco a poco convierte a la iglesia en un estadio, donde la mayoría grita desde la tribuna y unos pocos juegan hasta el agotamiento.

Luego nos preguntamos por qué los obreros se cansan, por qué los pastores renuncian.

Antes de emitir una opinión sobre el pastor, el líder, el obrero o el hermano, vale la pena detenerse un momento y preguntar: ¿he hecho yo alguna vez lo que él está haciendo?, ¿conozco de cerca lo que implica?, ¿hablo para edificar o nada más para desahogarme? Si las respuestas son incómodas, quizá la crítica —mi opinión— todavía no estaba lista para salir.

Esto no significa que en la iglesia no se pueda o se deba evaluar nada. Significa que la evaluación cristiana tiene peso, requiere preparación y nace del amor. No se parece —no debe parecerse— al grito desde el sillón. Se parece más al consejo de un amigo que ora por ti antes de hablar.

El sillón es un lugar peligroso. No porque no se pueda ver el partido sentado en él, sino porque desde ahí todo parece fácil. La iglesia no necesita más comentaristas ni entrenadores de fantasía. Necesita más creyentes dispuestos a bajar al campo, aunque haga sol, duela el cuerpo y nadie aplauda.

Al final, el Señor no nos pedirá cuentas del desempeño ajeno. Nos pedirá cuentas del nuestro.

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Imagen original de fondo: Museum Wales