Cuando el envío termina y la comunión no comienza

Sobre la comunión en el evangelio que muchos creyentes confunden con una relación transaccional.


El día del envío todo se hace bien. Hay oración pastoral, palabras solemnes, abrazos fraternales, lágrimas sinceras, un sobre con la ofrenda, fotografías para el recuerdo. El enviado se despide. Su esposa sonríe con los ojos cansados. Los hijos no terminan de entender lo que está pasando. La congregación canta. Alguien comenta, conmovido, que esa familia ha respondido al llamado del Señor.

Y después comienza el silencio.

No el silencio del primer mes, que aún se llena con los mensajes del día del envío. El silencio que se instala al tercer mes, al sexto, al noveno. El que el enviado nota cuando revisa su bandeja de entrada y descubre que las únicas comunicaciones recientes son solicitudes de reporte. El silencio que su esposa siente cuando ningún hermano de la iglesia que los envió ha preguntado, en meses, cómo están los niños. El envío fue conmovedor. El día después fue otra cosa.

Es conveniente observar algo que el Nuevo Testamento dice con una claridad que muchas veces se pasa por alto.

Juan escribe a Gayo y lo elogia con palabras precisas: "Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para seguir su camino. Porque ellos salieron por amor del nombre de Él, sin aceptar nada de los gentiles. Nosotros, pues, debemos acoger a tales, para que cooperemos con la verdad" (3 Juan 5-8, RV60). El apóstol no le escribe a una institución. Le escribe a un creyente. Y lo que elogia no es un acto puntual de generosidad, sino un modo de vida. Gayo se conduce fielmente con los enviados. Fielmente significa con constancia, no con acciones aisladas. Y el principio que cierra el pasaje no puede minimizarse: cuidar al enviado es cooperar con la verdad.

Pablo, por su parte, abre su carta a los filipenses con una frase que muchos leen rápido y pocos asimilan despacio. Les agradece a Dios por su "comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora" (Filipenses 1:5, RV60). Los filipenses no eran sus inversionistas. Eran sus hermanos en la misma causa, constantes a lo largo del tiempo, comprometidos con el avance del evangelio como con una obra propia, no como con un proyecto ajeno que estaban financiando a la distancia.

Aquí está el punto.

El envío bíblico no inauguró un contrato. Inauguró una comunión. Y esa comunión, examinada a la luz del Nuevo Testamento, se ha vuelto, en muchos lugares, una transacción con vocabulario espiritual. Traducción práctica: lo que en Hechos era sociedad de hermanos, hoy se parece más a una relación de cliente y proveedor. No es exageración pastoral. Es lo que está ocurriendo.

La primera manifestación es el silencio que sigue al envío. Se ora por el enviado el día de la despedida, se le aplaude, se le entrega lo que se prometió, y a partir de ahí la relación se enfría. Las razones parecen lógicas cuando se enumeran de una en una: estuve ocupado, no sabía qué decir, pensé que estaba bien, asumí que otros le escribían. Razones que cualquier creyente sensato aceptaría sin pestañear. Pero acumuladas durante meses, esas razones revelan otra cosa. El enviado simplemente no estaba en el corazón del que apoya con regularidad. La ausencia de comunicación no fue descuido de un día. Fue ausencia de afecto sostenido.

La segunda manifestación es el reporte que sustituye a la comunión. Cuando llega un mensaje del que apoya, el enviado ya sabe de qué se trata. Cuántos asistieron. Cuántos se bautizaron. Cuándo es el siguiente culto especial. Cómo va el local. Rara vez la pregunta es cómo está él, cómo está su esposa, qué cargas lleva estos meses. Pedir reportes no es el problema. El reporte es legítimo y a veces necesario. El problema es que el reporte sustituya a la conversación pastoral, y que la métrica del reporte refleje las expectativas personales de quien apoya en vez de la fidelidad bíblica del enviado. Cuando los números no encajan con lo que el que apoya esperaba ver, llega el reclamo, la sospecha, a veces el corte del apoyo. Y el enviado descubre que estaba siendo medido con una regla que nunca aparece en el Nuevo Testamento.

La tercera manifestación es más delicada, porque toca a personas concretas que muchas veces ni siquiera aparecen en la conversación. El enviado tiene una familia. Tiene una esposa que sostiene en silencio buena parte del peso ministerial. Tiene hijos que están creciendo en un contexto distinto al que conocían. Nadie pregunta por ellos. Nadie nota el cansancio acumulado. Nadie se entera de que la familia está atravesando una etapa difícil hasta que la crisis se vuelve visible, y entonces, en lugar de cuidado, llega el cuestionamiento. Y junto al enviado están los hermanos que se han integrado a la obra. Pocos o muchos, son fruto del evangelio. Son creyentes nacidos de nuevo, bautizados, reunidos en torno a la Palabra, las ordenanzas y la comunión. Son iglesia local plena, aunque la obra aún esté avanzando hacia su orden pastoral completo. Pero en boca de muchos de los que apoyan se les nombra de una manera reveladora: los de la misión, los asistentes a la misión, los hermanos de la misión. Esa forma de hablar no es casual. Deja al descubierto una confusión doctrinal. La iglesia no se constituye por el papel, ni por el reconocimiento legal, ni por la afiliación denominacional. Se constituye por la fe común en Cristo expresada en sus marcas bíblicas. Llamar los de la misión a quienes ya son iglesia plena es colocarlos, sin querer, como cristianos de segunda clase. Y los hermanos en Cristo no son nunca de segunda clase.

La cuarta manifestación es el sostenimiento confundido con propiedad. El que apoya empieza a opinar sobre cómo conducir la obra, qué métodos usar, qué énfasis dar, con quién relacionarse, dónde no se debería estar gastando el dinero. Aparece la lógica del inversionista: yo puse, yo decido, yo evalúo, yo controlo. Es una contaminación cultural empresarial dentro del pueblo de Dios, vestida con vocabulario ministerial. Los filipenses sostenían a Pablo, pero no se ve en su carta el menor rastro de que se arrogaran dirección sobre el ministerio del apóstol. Apoyaban con afecto. Participaban con oración. Compartían el avance. No gestionaban a la distancia. Es necesario decirlo sin rodeos: el sostenimiento bíblico no compra autoridad sobre la obra. La obra es del Señor, dirigida por Él a través del enviado que llamó. El que apoya es cooperador, no patrón.

Estas cuatro manifestaciones convergen en una sola raíz, y vale la pena nombrarla sin rodeos. Se ha reemplazado la comunión en el evangelio por una relación transaccional con vocabulario espiritual. El que apoya no se ve como hermano en la misma causa, sino como quien sostiene la obra y evalúa su rendimiento. Esa mentalidad, vestida de lenguaje ministerial, es ajena al Nuevo Testamento. Y el creyente que la asume no necesita más estrategias de comunicación. Necesita examinarse delante del Señor sobre qué tipo de hermano ha sido para con el enviado que dijo apoyar.

Conviene también nombrar lo que esto produce, sin dramatismo.

Sobre el enviado y su familia, produce desgaste sostenido, soledad ministerial, sensación de orfandad institucional, debilitamiento del hogar, y la lenta distorsión de servir bajo evaluación humana en lugar de bajo la mirada de Cristo. Sobre la iglesia que envía, produce pérdida de comunión real con la obra, empobrecimiento espiritual al reducir la misión a estadística, formación de creyentes con mentalidad transaccional que mañana reproducirán el mismo patrón con otros enviados. Sobre el creyente que falla, produce atrofia de la cooperación con la verdad que 3 Juan le presentaba como deber gozoso, y una fe encogida que evalúa a distancia lo que el Señor le llamó a participar de cerca.

No es dureza del corazón en todos los casos. A veces es una mentalidad heredada que nunca se ha examinado a la luz del Nuevo Testamento. Pero el resultado, ante Dios y ante el enviado, es el mismo. Existen, ciertamente, creyentes e iglesias que viven esta comunión con fidelidad constante. El Señor los ve. La obra entera se beneficia de ellos. El problema que aquí se nombra no es universal. Pero está lo suficientemente extendido como para requerir examen serio.

Recuperar la comunión en el evangelio no es asunto de metodología. Es asunto de corazón. No se trata de implementar una nueva estrategia de comunicación, sino de volver a ver al enviado como hermano, a su esposa e hijos como cuerpo de Cristo, a los hermanos de la obra como iglesia plena, y al apoyo como participación, no como inversión. Pregunta menos por los números del domingo y más por el alma del que predica y de su esposa. Pregunta menos por el local y más por los hijos del enviado. Pregunta menos por los resultados visibles y más por las cargas invisibles.

Juan no dejó margen para la neutralidad. Quien cuida al enviado coopera con la verdad. Quien lo descuida resta al avance del evangelio. No hay tercera categoría. Y delante del Señor, el día del envío vale poco si el día después se vacía de comunión.

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Imagen original de fondo: Museum Wales